Rei

El Rey de un país lejano ofreció siete navíos con tesoros a un pueblo que vivía bajo la dirección de un maligno señor. Pero cuando esta flota aún estaba en camino, los siervos de ese señor le advirtieron sobre el intento del buen Rey.

El señor, entonces, reunió sus fuerzas y como el rugido de mil leones, hizo que los cielos bramen sobre la flota que estaba cerca de un atolón de pequeñas islas. Cayeron rayos sobre los mástiles de los barcos y el mar, como un monstruo sediento y hambriento, los tragó. Solo un marinero se salvó y volviendo a las tierras de origen relató al Rey el trágico fin que tuvo aquel emprendimiento.

Navio

Muchos aventureros intentaron en vano encontrar esas riquezas en el fondo del mar. Pero cuando el hijo del buen Rey supo lo ocurrido, pidió permiso a su padre para rescatar los tesoros hundidos y nuevamente, tratar de llevarlos a los pobres siervos del malvado señor.

Al haberle dado el consentimiento, llamó al marinero que se había salvado y con tres nativos se pusieron en viaje. Sin demora ni obstáculos, llegaron a los arriesgados mares que habían tragado la flota precedente. Se necesitaba que aquel con experiencia navegara en esas aguas, pues su oscuro brillo ocultaba traicioneros arrecifes y rocas y además el señor maligno, con sus poderes, estaba siempre al acecho.

Cuando el príncipe ya iniciaba el rescate de los tesoros, sus marineros avistaron en el horizonte una gran flota con la bandera del perverso señor. Rápidamente se escondieron en las cavernas marítimas que las laderas de aquellas islas ofrecían, pues, si eran encontrados, ciertamente perderían la vida. De allí pudieron acompañar el destino de aquellos que tenían la intención de impedir que los tesoros llegaran a las manos de quienes los necesitaban. Y vieron, desde su escondite, aquella flota chocar contra las rocas, siendo así destrozada.

Tesouro

Con el fin de sus barcos y la muerte de muchos marineros, el señor maligno reconoció que a los hombres sufridos de sus tierras le  pertenecían aquellos tesoros y no pudo impedir más que tales riquezas llegaran a ellos. Aprendió que nada puede cambiar el curso de la vida y que no se puede quitar a nadie lo que le está destinado.

Extraído del libro «Viajes por mundos sutiles», de José Trigueirinho Neto.